Sobre el carácter social de la ciencia.
Durante la presentación del ABAI 2 se realizó un pequeño debate sobre cuál era el carácter social de la ciencia. Desde mi grupo se defendió que, en la sociedad actual, su función social fundamental era la de servir a la acumulación monetaria propia del modo de producción capitalista. Sin embargo, cuando se realizó la síntesis final teniendo en cuenta el resto de intervenciones, se llegó a la conclusión de que la ciencia, pese a que está en gran medida mediada por las relaciones de intercambio monetario, su carácter esencial es el progreso y el desarrollo de la humanidad.
Si tuviésemos que definir brevemente que es el conocimiento científico, podríamos decir que es un gasto de energía humana que se realiza con el fin de apropiarse virtualmente de las potencias objetivas del medio, con el fin de, una vez terminado el proceso, apropiarnos realmente del mismo con nuestra acción. Lo que diferencia a este tipo de conocimiento del resto de formas de reflexión humanas es como trata a su objeto, desproveyéndolo de atributos derivados de apariencias subjetivas, mientras que trata a la propia subjetividad también de manera objetiva. Se trata de la forma más potente que tiene el ser humano de apropiarse del medio para transformarlo, y, por tanto, la mejor manera de organizar la producción y el consumo propios del metabolismo social humano.
Sin embargo, un simple vistazo a la realidad social basta para darse cuenta que, lejos de regirse de una manera directamente social y consciente, la sociedad en la que vivimos decide la producción y consumo sociales de manera indirecta a través de la producción e intercambio de mercancías. Para Adam Smith este proceso de intercambio, aunque tuviese como motor principal el egoísmo y la vanidad de los sujetos que lo llevaban a cabo, acababa teniendo como resultado una mejora sustancial del bienestar general. Sin embargo, otros científicos sociales como Karl Marx señalaban que, lejos de llevar a cabo un proceso general de aumento del bienestar, la organización social basada en la producción de mercancías traía consigo un estado de enajenación constante, más parecido a la forma en que Thomas Hobbes describía a la naturaleza, un bellum omnium contra omnes. Para este autor, el dinero, transformado en capital, estaba lejos de ser únicamente un simple medio de intercambio, sino que era el sujeto automático encargado de regir el proceso de producción y consumo sociales con el fin único de reproducir de manera ampliada la autovalorización de sí mismo. El aumento de la productividad del trabajo es la forma más potente de ampliar este proceso de valorización. La aplicación de la maquinaria y el control del ser humano sobre las fuerzas de la naturaleza con la que está ligada su desarrollo son el motor de este aumento de la productividad. No es por casualidad que el conocimiento científico se haya acelerado en los últimos 250 años, sino que es la consecuencia de que el metabolismo social humano esté regido por la acumulación de capital. A su vez, este proceso de acumulación, al desarrollar el conocimiento científico y por tanto la organización consciente de la realidad, crea el germen de una potencial transformación social que genere una sociedad conscientemente organizada en la satisfacción de las necesidades humanas.
Los científicos, en el modo de producción capitalista, son parte integra de la clase trabajadora, pese a que la gran mayoría de ellos tenga como empleador al representante político del capital social, y su función social es crear el conocimiento necesario para regir de manera consciente el proceso de acumulación de capital. Lejos de ser un individuo libre, se encuentra enajenado en el capital. Cuanto más libre se cree, más predispuesto se encuentra a reproducir la inconsciencia general con la que se rige la sociedad, sin percatarse de los potenciales transformadores que esta oculta y de los que el propio científico es prueba manifiesta. Estas apariencias de libertad, propias del intercambio entre representantes de mercancías, suelen romperse en los periodos de crisis económica, dónde el carácter esencialmente inconsciente y enajenado con el que se rige la sociedad se pone rápidamente de manifiesto. Son periodos dónde el gasto público en educación e I+D puede recortarse, las investigaciones dejar de financiarse y algunos científicos pueden llegar a perder el empleo. Ese día el científico, habitualmente acostumbrado a encerrarse en su laboratorio a examinar sus muestras y extraer resultados, se dará cuenta de que, pese a su conocimiento y méritos individuales, el verdadero valedor de su capacidad para realizar trabajo científico se encontraba en sus propios bolsillos.
Muy interesante de toda la consideración. Solo un comentario, quizá la aceleración del conocimiento en los últimos doscientos cincuenta años sea la causa del neoliberalismo y no al revés.
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